"He venido por TODOS mis HIJOS con el deseo de
acercarlos a Nuestros Corazones"




El Señor expuesto las 24  horas del día en vivo y en directo

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LAS HORAS DE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Las veinticuatro horas de la Pasión

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Meditaciones Sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Para acompañar a Nuestro Señor Jesucristo, en cada Hora de su Pasión

Por Luisa Picarretta, hija de la Divina Voluntad. 
(En proceso de Beatificación)



HORA DE SAN JOSÉ
Para hacer los:
Domingos a la 21 horas
 Domingos 09:00 PM





Presentamos la Asociación por las Almas del Purgatorio. 
¡Inscribe a las tuyas! ¡Reza por todas!
Por RORATE CÆLI -23/11/2014


jueves, 2 de abril de 2026

 De la madrugada del Jueves Santo al Viernes Santo

LOS 15 OCULTOS SUFRIMIENTOS Y DOLORES DE JESÚS EN SU PASIÓN

JESÚS, atendiendo los ruegos de la piadosa amantísima Hermana María Magdalena de la Orden de Santa Clara, que vivía santamente en Roma,  que deseaba conocer sus sufrimientos secretos, se le apareció y le reveló y comunicó verbalmente los sufrimientos desconocidos, que había soportado la noche anterior a Su muerte.



Cristo dijo:

“Aquellos pensaron que Yo era el peor de los hombres que vivía en esta época en el mundo”
Por eso:

Primero:
Amarraron con una cuerda mis pies y me arrastraron escalera abajo hacia un sótano sucio y maloliente.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Segundo:
Me desvistieron y me hincaron el Cuerpo con púas de hierro.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Tercero: 
Me ataron una soga al Cuerpo y me arrastraron por todo el inmundo piso del sótano.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Cuarto:

Me abrazaron a un pedazo de madera y me colgaron, hasta que no pude más. Me solté y caí; mi dolor fue tan grande que lloré lágrimas de sangre.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Quinto:
Me ataron a un poste de madera y traspasaron mi Cuerpo con diferentes armas punzantes: me apedrearon y me quemaron con carbones ardientes y con sus antorchas.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Sexto:
Me traspasaron con lanzas y púas; me arrancaron piel y carne de mi Cuerpo y Venas.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Séptimo:
Me ataron a una columna y me quemaron con latas calientes.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Octavo:
Me pusieron una corona de hierro y me vendaron los ojos con trapos sucios e inmundos.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Noveno:
Me sentaron sobre filosos clavos, los cuales se me clavaron y me produjeron enormes agujeros en mi Cuerpo.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Décimo:
Echaron sobre mis heridas plomo líquido y brea derretida; luego me empujaron y caí bruscamente.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Onceavo: 
Me ultrajaron, y de castigo me incrustaron alfileres y clavos en los huecos que quedaron de mi arrancada piel.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Doceavo:

Me arrojaron sobre una cruz en la cual me ataron tan fuertemente que no podía respirar.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Treceavo:
Me pisaron mi cabeza; uno de ellos pisó mi pecho y luego sacando una espina de mi corona me la clavó en la lengua.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Catorceavo:

Me echaron las más asquerosas inmundicias en mi boca.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.

Quinceavo: 
Me dijeron las más infames palabras y expresiones denigrantes; me ataron las manos atrás de mi espalda, y me sacaron a golpes y empujones de aquella prisión, a la vez que me azotaban repetidas veces.
Todos: Señor, perdóname y perdona a toda la humanidad por lo que a Ti te hicimos.


Amén.


INVOCACIONES A DIOS PADRE

¡Señor del universo! Te rogamos, que esta humanidad, llevada cada día más al precipicio, se enteren que:
Jesús en su pasión sufrió por todos, ya que cada día hay más soldados clavándolo, y que esos soldados muchas veces, somos nosotros mismos.


§ Que entiendan que a nuestra Santa Madre María le sigue sangrando el corazón, por el dolor de ver nuevamente a su Hijo escarnecido.

§ Que entiendan que cada pecado apaga el fuego del amor ardiente de Sacratísimo Corazón de mi Jesús y del Santísimo Corazón de mi Madre María, y que cada conversión lo vuelve a hacer arder.

§ Que entienda la humanidad que los placeres de este mundo son ínfimos comparados con la gloria de ver y gozar de la Gloria de Dios en el Cielo, y que, más bien, cada pecado, son lanzas nuevas clavadas en el Corazón de Jesús.


Nota: Esto fue revelado a una vidente para orar en grupo... o a solas.

  Jueves Santo

 La Institución de la Eucaristía


Mc. 14. 22-25 Lc. 22. 19-20 1 Cor. 11. 23-25

"26 Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo». 27 Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, 28 porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. 29 Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre»."

***



De las 8 a las 9 de la noche La Cena Eucaristica


Dulce Amor mío, incontentable siempre en tu amor, veo que al terminar la cena legal, te pones de pie junto con tus amados discípulos y elevas al Padre el himno de acción de gracias por haberles dado el alimento, queriendo así reparar por todas las faltas de gratitud, por todas las veces que las criaturas no te agradecen todos los recursos que nos proporcionas para la conservación de nuestra vida corporal. Es por eso que tú, ¡oh Jesús!, en todo lo que haces, en todo lo que tocas y ves, tienes siempre en tus labios estas palabras:
« ¡Gracias te sean dadas, oh Padre! ».
¡Oh Jesús!, también yo, unido a ti, tomaré estas palabras de tus mismos labios y diré siempre y en todo: « Gracias, por mí y por todos », para continuar tu misma reparación por las faltas de gratitud de las criaturas.

Lavatorio de los pies

Mas parece que tu amor no se da tregua; haces que de nuevo se sienten tus amados discípulos, tomas una palangana con agua, y tomando una toalla blanca, te postras a los pies de los apóstoles, en un acto tan humilde, que llamas la atención de todo el cielo quedando estático. Hasta los mismos apóstoles se quedan paralizados al verte postrado a sus pies... Pero dime Amor mío, ¿qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que pretendes hacer con este acto tan humilde? ¡Humildad jamás vista y que jamás se volverá a ver!

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« ¡Ah, hijo mío! Quiero a todas las almas, y postrado a sus pies como un pobre mendigo, se las pido a cada uno con insistencia, y llorando tramo inventos de amor para llegar a hacerlas mías... Con este recipiente de agua mezclada con mis lágrimas y postrado a sus pies, quiero lavarlas de toda imperfección y prepararlas para recibirme en el sacramento que estoy por instituir. Es tan importante para mí este acto de recibirme en la Eucaristía, que no quiero confiarle este oficio ni a los ángeles y ni siquiera a mi querida Madre, sino que yo mismo quiero purificar las almas de mis apóstoles, hasta las partes más íntimas de su ser, para disponerlos a recibir el fruto del sacramento; y es también mi intención preparar en los apóstoles a todas las almas ».

« Quiero reparar todas las obras santas, la administración de los sacramentos, y especialmente todas las cosas hechas por los sacerdotes con espíritu de soberbia, vacías de espíritu divino y de desinterés. ¡Ah, cuántas obras buenas llegan a mí más para deshonrarme que para honrarme! ¡Más para hacerme sufrir que para complacerme! ¡Más para darme muerte que para darme vida! Estas son las ofensas que más me entristecen... ¡Oh alma!, numera todas las ofensas más íntimas que se me hacen, y con mis mismas reparaciones, repara y consuela mi Corazón lleno de amarguras ».

Afligido Bien mío, tu vida la hago mía y junto contigo quiero repararte por todas esas ofensas. Quiero entrar en los escondrijos más íntimos de tu Corazón divino y hacer una reparación con tu mismo Corazón por las ofensas más íntimas y secretas que recibes de tus hijos predilectos. Jesús mío, quiero seguirte en todo, y unido a ti, quiero hacer un recorrido por todas las almas que te recibirán en la Eucaristía, quiero entrar en sus corazones, y poniendo mis manos junto con las tuyas, ¡ah Jesús!, con esas mismas lágrimas tuyas mezcladas en el agua con la que les lavaste los pies a tus apóstoles, lavemos a las almas que te recibirán, purifiquemos sus corazones, prendámosles fuego, sacudamos de ellas el polvo con el que se han ensuciado para que cuando te reciban puedas hallar en ellas tus complacencias en lugar de amarguras.
Afectuoso Bien mío, pero mientras con toda atención les estás lavando los pies a tus apóstoles, te miro y veo que otro dolor traspasa tu Corazón santísimo: los apóstoles representan para ti a todos los futuros hijos de la Iglesia; cada uno de ellos representaba la serie de cada uno de los males que iban a existir en la Iglesia, y por lo tanto, la serie de cada uno de tus dolores: en uno las debilidades, en otro los engaños o las hipocresías o el amor desmedido a los intereses..., en San Pedro, el faltar a los buenos propósitos y todas las ofensas de los jefes de la Iglesia, en San Juan las ofensas de los que te son más fieles, en Judas a todos los apóstatas junto con toda la serie de los graves males cometidos por éstos.

Tu Corazón está sofocado por tanto dolor y por tu amor, tanto, que no pudiendo contenerte, te detienes a los pies de cada apóstol y lloras amargamente, oras y reparas por cada una de estas ofensas y pides para todos el remedio oportuno.

Jesús mío, también yo me uno a ti: hago mías tus oraciones, tus reparaciones y los remedios oportunos que has solicitado para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas con las tuyas para que nunca estés solo, sino que siempre me tengas contigo para dividir tus penas.

Pero mientras sigues lavando los pies de tus apóstoles, dulce Amor mío, veo que ya estás a los pies de Judas. Puedo oír tu respiro como sofocado... y veo que no solamente estás llorando, sino que sollozas, y que mientras estás lavando esos pies, los besas, te los estrechas al Corazón, y no pudiendo emitir palabra alguna porque el llanto te sofoca, lo miras con tus ojos hinchados por las lágrimas, y con el Corazón le dices:

« ¡Hijito mío, ah, te lo suplico con la voz de mis lágrimas, no te vayas al infierno! ¡Dame tu alma; postrado a tus pies te la pido! Dime, ¿qué es lo que quieres?, ¿qué es lo que pretendes? Te daré todo con tal de que no te pierdas. ¡Ah, evítame este dolor, a mí, tu Dios! ».

Y vuelves a estrechar sus pies a tu Corazón... Pero viendo la dureza de Judas, tu Corazón se ve en aprietos, tu amor te sofoca y estás a punto de desfallecer.

Corazón mío, Vida mía, déjame que te sostenga entre mis brazos. Me doy cuenta de que estos son los inventos de tu amor que usas con los pecadores obstinados... ¡Ah, Corazón mío!, mientras te compadezco y reparo por las ofensas que recibes de las almas que se obstinan en no querer convertirse, te suplico que recorramos juntos la tierra y en donde haya pecadores obstinados, démosle a cada uno tus lágrimas para enternecerlos, tus besos y tus abrazos de amor para encadenarlos a ti, de manera que ya no puedan huir de ti, y así te consueles por el dolor que te causó la perdición de Judas.


La Institución de la Santísima Eucaristía

Jesús mío, gozo y delicia mía, veo que tu amor corre, vuela. Con el Corazón lleno de dolor te levantas, y como que corres al altar en donde está preparado el pan y el vino para la consagración. Corazón mío, veo que tomas un aspecto totalmente nuevo y jamás visto; tu divina persona toma un aspecto tierno, amoroso, afectuoso; tus ojos resplandecen de luz más que si fueran soles, tu rostro encendido brilla, tus labios sonríen y arden de amor, y tus manos creadoras se disponen a crear. Amor mío, estás totalmente transformado; parece como si la divinidad se desbordara de tu humanidad. Corazón mío y Vida mía, Jesús, este nuevo aspecto tuyo jamás visto llama la atención de todos los apóstoles que subyugados por tan dulce encanto no se atreven ni siquiera a respirar. Tu dulce Madre corre en espíritu a los pies del altar, para contemplar los prodigios de tu amor. Los ángeles bajan del cielo y se preguntan unos a otros:
« ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¡Es una verdadera locura, un exceso inaudito! Un Dios que crea, no el cielo o la tierra, sino a sí mismo, ¿y dónde? Dentro de la materia vilísima de poco pan y poco vino ».
Y mientras que todos están a tu alrededor, ¡oh Amor insaciable!, veo que tomas el pan entre tus manos, se lo ofreces al Padre y oigo tu dulcísima voz que dice:


« Padre Santo, te doy gracias porque siempre escuchas a tu Hijo. Padre mío, concurre conmigo. Tú un día me enviaste del cielo a la tierra para que me encarnara en el seno de mi Madre y viniera a salvar a nuestros hijos; ahora permíteme que me encarne en cada hostia para poder continuar su salvación y ser vida de cada uno de mis hijos... ¡Mira, oh Padre!, me quedan pocas horas de vida, ¿quién tendrá corazón para dejar a mis hijos huérfanos y solos? Sus enemigos son muchos: las tinieblas, las pasiones, las debilidades a las que están sujetos... ¿Quién podrá ayudarlos? ¡Ah, te lo suplico, déjame que me quede en cada hostia para ser vida de cada uno de ellos! Para poner en fuga a sus enemigos y ser para ellos luz, fuerza y ayuda en todo. De lo contrario, ¿a dónde irán?, ¿quién los ayudará? Nuestras obras son eternas, mi amor es irresistible, no puedo ni quiero dejar a mis hijos ».


Y el Padre, al oír la voz tierna y afectuosa de su Hijo, se enternece, desciende del cielo y se encuentra ya sobre el altar junto con el Espíritu Santo para concurrir con su Hijo. Y Jesús, con voz fuerte y conmovedora, pronuncia las palabras de la consagración, y sin dejarse a sí mismo, se crea a sí mismo en ese pan y en ese vino... Y después te das en la Comunión a tus apóstoles y creo que nuestra querida Madre Celestial no se quedó sin recibirte. ¡Ah, Jesús, los cielos se inclinan reverentes y todos te hacen un acto de adoración en este nuevo estado tuyo de profundo anonadamiento!

Pero mientras tu amor queda complacido y satisfecho, ¡oh dulce Jesús!, no teniendo ya nada más que hacer, veo, ¡oh Bien mío!, que sobre el altar, entre tus manos, se encuentran todas las hostias consagradas que se perpetuarán hasta el fin de los siglos, y en cada hostia veo que está desplegada toda tu dolorosa pasión, pues las criaturas, a los excesos de tu amor, preparan excesos de ingratitudes y de enormes delitos. Y yo, Corazón de mi corazón, quiero estar siempre junto contigo en cada sagrario, en todos los copones y en cada hostia consagrada que llegará a tener existencia hasta el final del mundo, para poder ofrecerte mis actos de reparación conforme a las ofensas que recibes.
Por eso, Corazón mío, me pongo junto a ti y beso tu frente majestuosa. Pero al besarte siento en mis labios el dolor de las espinas que coronan tu cabeza, porque en esta hostia santa, ¡oh Jesús mío!, no es que te evitan ser coronado de espinas como en la pasión. Veo que las criaturas vienen ante tu presencia sacramental, y en vez de ofrecerte el homenaje de sus pensamientos, te ofrecen sus malos pensamientos, y tú bajas de nuevo la cabeza como en la pasión, para recibir las espinas de los malos pensamientos que las criaturas tienen ante tu presencia sacramental. ¡Oh Amor mío!, también yo contigo bajo la cabeza para compartir tus penas, y pongo todos mis pensamientos en tu mente para sacarte estas espinas que te causan tanto dolor, y quiero que cada uno de mis pensamientos fluya en cada uno de los tuyos para hacerte un acto de reparación por cada pensamiento malo de las criaturas y endulzar así tus pensamientos afligidos.


Jesús, Bien mío, beso tus hermosos ojos. En esta hostia santa, con esos ojos tuyos llenos de amor, estás en espera de todos aquellos que vienen a tu presencia para mirarlos con tus miradas de amor y así ser correspondido con el amor de sus miradas amorosas. Pero, ¡cuántos vienen ante ti, y en lugar de verte y buscarte a ti, se ponen a ver cosas que los distraen de ti quitándote el gusto de intercambiar tus miradas con las suyas y tú lloras! Por eso, al besarte, siento que mis labios se mojan con tus lágrimas. ¡Ah, Jesús mío, no llores!, quiero poner mis ojos en los tuyos para compartir tus penas y llorar junto contigo y hacer una reparación por todas las miradas distraídas, ofreciéndote mis miradas teniéndolas siempre fijas en ti.

Jesús, Amor mío, beso tus santísimos oídos. Con mucha atención quieres escuchar lo que las criaturas quieren de ti para consolarlas, y sin embargo, ellas hacen llegar a tus oídos oraciones mal hechas, llenas de aprensiones y sin verdadera confianza; oraciones hechas, en su mayoría, por rutina y sin vida; y tus oídos en esta hostia santa se sienten molestados más todavía que durante tu pasión. ¡Oh Jesús mío!, quiero tomar todas las armonías del cielo y ponerlas en tus oídos para repararte por esas molestias; quiero poner mis oídos en los tuyos, no sólo para compartir estas molestias, sino para estar siempre atento a lo que quieres, a lo que sufres, y ofrecerte inmediatamente mi reparación y consolarte.


Jesús, Vida mía, beso tu santísimo rostro y veo que está todo ensangrentado, pálido e hinchado. ¡Ah!, las criaturas vienen ante tu presencia en esta hostia santa y con sus posturas indecentes y las malas conversaciones que hacen ante ti, en vez de honrarte, te dan bofetadas y te escupen, y tú, como en la pasión, lleno de paz y con tanta paciencia, lo recibes y lo soportas todo... ¡Oh Jesús mío!, no solamente quiero poner mi rostro junto al tuyo para acariciarte y besarte cuando te den de bofetadas y limpiarte los salivazos cuando te escupan, sino que quiero ponerlo en tu mismo rostro, para compartir contigo estas penas; más aún, quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos, para ponerlos ante ti como estatuas arrodilladas incesantemente y repararte tantos deshonores que recibes en tu presencia sacramental.

Jesús mío, beso tu dulcísima boca, ¡ah!, veo que al entrar en el corazón de las criaturas, el primer sitio en el que te apoyas es sobre la lengua. ¡Qué amargura sientes al hallar tantas lenguas mordaces, impuras y malas! Sientes como que te sofocas cuando te hallas en esas lenguas, y peor aún cuando desciendes a sus corazones. ¡Oh Jesús!, si me fuera posible, quisiera encontrarme en la boca de cada criatura para endulzarte y repararte cualquier ofensa que recibas.
Fatigado Bien mío, beso tu santísimo cuello y veo que estás cansado, agotado y del todo ocupado en tu quehacer de amor. Dime, ¿qué haces?

Y Jesús: « Hijo mío, trabajo desde la mañana hasta la noche formando continuas cadenas de amor, para que cuando las almas vengan a mí, encuentren ya preparada mi cadena de amor que las encadenará a mi Corazón. Pero, ¿sabes qué es lo que me hacen? Muchos toman a mal mis cadenas y se liberan de ellas por la fuerza y las rompen, y puesto que estas cadenas están atadas a mi Corazón, yo me siento torturado y deliro; y mientras hacen pedazos mis cadenas, haciendo que todo el trabajo que hago en este sacramento fracase, ellos en cambio buscan las cadenas de las criaturas incluso ante mi presencia, sirviéndose de mí para lograr su intento. Todo esto me causa tanto dolor que me sube la fiebre violentamente al grado que me hace desfallecer y delirar ».
¡Cuánto te compadezco, oh Jesús! Tu amor se siente extremadamente agobiado, ¡ah!, para consolarte por tu trabajo y para hacer una reparación cuando rompen tus cadenas de amor, te suplico que encadenes mi corazón con todas esas cadenas, para poder ofrecerte por todos mi correspondencia de amor.
Jesús mío, Arquero Divino, beso tu pecho; es tanto y tan grande el fuego que contiene, que para darle un poco de desahogo a sus llamas que se elevan demasiado alto, tú, queriendo descansar un poco de tu trabajo, quieres también ponerte a jugar en el sacramento. Y tu juego es hacer flechas, dardos y saetas, para que cuando las criaturas vengan a ti, tú te pongas a jugar con ellas, haciendo salir de tu pecho tus flechas para enamorarlas, y cuando las reciben te pones de fiesta y tu juego está hecho; pero muchos, ¡oh Jesús!, las rechazan, correspondiéndote con flechas de frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud, y tú quedas tan afligido que lloras porque las criaturas hacen que tu juego de amor fracase. ¡Oh Jesús, aquí está mi pecho dispuesto a recibir no solamente las flechas destinadas para mí, sino también las que los demás rechazan, de modo que tus juegos ya no volverán a fracasar, y para corresponderte quiero repararte por todas las frialdades, las tibiezas y las ingratitudes que recibes!

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¡Oh Jesús!, beso tu mano izquierda y quiero reparar por el uso del tacto ilícito y no santo hecho en tu presencia y te ruego que con esta mano me tengas siempre abrazado a tu Corazón.
¡Oh Jesús!, beso tu mano derecha, queriendo reparar por todos los sacrilegios, en modo particular por las Santas Misas mal celebradas. ¡Amor mío, cuántas veces te ves forzado a bajar del cielo a las manos del sacerdote, que en virtud de la potestad que le has dado te llama, y al venir encuentras sus manos llenas de fango y de inmundicia, y aunque tú sientes la nausea de estar en esas manos, tu amor te obliga a permanecer en ellas...! Es más, en ciertos sacerdotes es peor, porque encuentras en ellos a los sacerdotes de tu pasión, que con sus enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio. Jesús mío, es espantoso el sólo pensar que una vez más, como en la pasión, te encuentras en esas manos indignas como un manso corderito aguardando de nuevo tu muerte. ¡Ah Jesús, cuánto sufres! ¡Cómo quisieras una mano amante que te liberara de esas manos sanguinarias! Te suplico que cuando te encuentres en esas manos hagas que yo también me encuentre presente para hacerte una reparación. Quiero cubrirte con la pureza de los ángeles, quiero perfumarte con tus virtudes para contrarrestar la pestilencia de esas manos y ofrecerte mi corazón para que encuentres ayuda y refugio, y mientras estés en mí yo te pediré por los sacerdotes para que sean dignos ministros tuyos, y por lo tanto para que no vuelvan a poner en peligro tu vida sacramental.


¡Oh Jesús!, beso tu pie izquierdo y quiero reparar por quienes te reciben por pura rutina y sin las debidas disposiciones.
¡Oh Jesús!, beso tu pie derecho y te reparo por quienes te reciben para ultrajarte. Cuando se atrevan a hacerlo, te suplico que repitas el milagro que hiciste cuando Longinos te atravesó el Corazón con la lanza, que al flujo de aquella sangre que brotó, al tocarle los ojos lo convertiste y lo sanaste; así también, que cuando se acerquen a comulgar, apenas los toques sacramentalmente, conviertas sus ofensas en amor.


¡Oh Jesús!, beso tu Santísimo Corazón, el cual es el centro en el que confluyen todas las ofensas, y quiero repararte por todo y por todos correspondiéndote con mi amor, y estando siempre unido a ti quiero compartir tus penas. ¡Ah, te suplico, Celestial Arquero de amor, que si se me escapa ofrecerte mis reparaciones por alguna ofensa, me tomes prisionero en tu Corazón y en tu Voluntad, para que no se me pueda escapar nada! Le pediré a nuestra dulce Madre que me mantenga alerta y junto con ella repararemos por todo y por todos; juntos te besaremos y te defenderemos alejando de ti todas las oleadas de amarguras que por desgracia recibes de parte de las criaturas.
¡Ah Jesús!, recuerda que yo también soy un pobre encarcelado, aunque es cierto que tu cárcel es más estrecha, cual lo es el breve espacio de una hostia; por eso, enciérrame en tu Corazón y con las cadenas de tu amor, quiero que no solamente me encadenes, sino que ates uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos; inmovilízame las manos y los pies encadenándolos a tu Corazón, para no tener más manos ni pies que los tuyos. De manera que mi cárcel ha de ser tu Corazón; mis cadenas, el amor; las rejas que absolutamente me impedirán salir, tu Voluntad Santísima y sus llamas, mi alimento, mi respiro, mi todo; así que ya no volveré a ver otra cosa que llamas, ni volveré a tocar más que fuego, el cual me dará vida y muerte, tal como tú la sufres en la hostia y así te daré mi vida. Y mientras yo me quedaré prisionero en ti, tú quedarás libre en mí. ¿No ha sido ésta tu intención al haberte encarcelado en la hostia, el ser desencarcelado por las almas que te reciben, recibiendo tú la vida en ellas? Por eso, como muestra de tu amor, bendíceme y dame un beso, y yo te abrazo y me quedo en ti.
¡Oh mi dulce Corazón!, veo que después de haber instituido el Santísimo Sacramento y de haber visto la enorme ingratitud y las ofensas de las criaturas ante los excesos de tu amor, a pesar de que quedas herido y amargado, no retrocedes, al contrario, quisieras ahogarlo todo en la inmensidad de tu amor.

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Te veo, oh Jesús, que te das a ti mismo a tus apóstoles en la Comunión, y después les dices que lo que tú has hecho ellos también lo deben hacer, dándoles así la potestad de consagrar; de éste modo los ordenas sacerdotes e instituyes otros sacramentos. De manera que piensas en todo y reparas por todo: por las predicaciones mal hechas, por los sacramentos administrados y recibidos sin las debidas disposiciones y que por lo tanto quedan sin producir sus efectos, por las vocaciones equivocadas de los sacerdotes, sea por parte de ellos que por parte de quienes los ordenan sin haber usado todos los medios para conocer las verdaderas vocaciones. ¡Ah, Jesús, no se te olvida nada y yo quiero seguirte y repararte por todas estas ofensas!


Y así, después de haber hecho todo, te encaminas hacia el huerto de Getsemaní en compañía de tus apóstoles, para dar inicio a tu dolorosa pasión. Yo te seguiré en todo para hacerte fiel compañía.

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De las 9 a las 10 de la noche 
La Cena Eucarística

Reflexiones y prácticas.

Jesús está escondido en la hostia para darle la vida a todos y en su ocultamiento abraza todos los siglos y da luz a todos. Así también nosotros, escondiéndonos en él, con nuestras reparaciones y oraciones daremos luz y vida a todos, incluso a los mismos herejes e infieles, porque Jesús no excluye a nadie.

¿Qué hacer mientras nos escondemos? Para hacernos semejantes a Jesucristo debemos esconder todo en él, es decir, pensamientos, miradas, palabras, latidos, afectos, deseos, pasos y obras, y hasta nuestras oraciones debemos esconderlas en las de Jesús. Y así como nuestro amante Jesús en la Eucaristía abraza todos los siglos, también nosotros los abrazaremos; abrazados a él seremos el pensamiento de cada mente, la palabra de cada lengua, el deseo de cada corazón, el paso de cada pie, el obrar de cada brazo. Haciendo esto apartaremos del Corazón de Jesús el mal que las criaturas quisieran hacerle, tratando de sustituir todo el mal con el bien que podremos hacer, de modo que incitemos a Jesús a darles a todas las almas salvación, santidad y amor. Nuestra vida, para corresponder a la vida de Jesús, debe estar totalmente uniformada a la suya. El alma, con la intención, debe hallarse en todos los tabernáculos del mundo, para hacerle compañía a Jesús constantemente y ofrecerle alivio y reparación incesante y así, con esta intención, debemos hacer todas nuestras acciones del día.


El primer tabernáculo somos nosotros, nuestro corazón; por eso es necesario que estemos muy atentos a todo lo que el buen Jesús quiera hacer en nosotros. Muchas veces, Jesús, estando en nuestro corazón, nos hace sentir la necesidad de la oración. Es él mismo que quiere orar y que quiere que estemos con él, casi fundiéndonos en él, con nuestra voz, con nuestros afectos, con todo nuestro corazón, para hacer que nuestra oración sea una sola con la suya. Así, para honrar la oración de Jesús, estaremos muy atentos en prestarle todo nuestro ser, de manera que pueda elevar al cielo su oración por medio de nosotros para hablar con su Padre y para renovar en el mundo los efectos de su misma oración.
También es necesario que estemos atentos a cada movimiento de nuestro interior, porque Jesús a veces nos hace sufrir, otras veces quiere que oremos o nos hace sentir un cierto estado de ánimo y luego otro diferente, todo para poder repetir en nosotros su misma vida.

Supongamos que Jesús nos ponga la ocasión de ejercitarnos en la paciencia: él recibe tales y tantas ofensas de parte de las criaturas, que se siente obligado a echar mano de los flagelos divinos para castigar a las criaturas, y es entonces cuando nos da la ocasión de ejercitar la paciencia, de manera que nosotros debemos honrarlo soportando todo en paz tal como lo soporta Jesús, y así nuestra paciencia le arrebatará de la mano los flagelos que las demás criaturas atraen sobre sí mismas, porque en nosotros él ejercitará su misma paciencia divina. Y como con la paciencia, así también con las demás virtudes. Jesús amante, en el Sacramento de la Eucaristía, ejercita todas las virtudes y nosotros obtendremos de él la fortaleza, la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia, la humildad, la obediencia, etc.


Nuestro buen Jesús nos da su propia carne como alimento y nosotros como alimento le daremos amor, le daremos nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestros afectos; así competiremos en amor con Jesús. No dejaremos entrar nada en nosotros sino solamente a él, de manera que todo lo que hagamos debe servir para alimentar a nuestro amado Jesús. Nuestro pensamiento debe alimentar el pensamiento divino, es decir, pensando que Jesús está escondido en nosotros y que quiere como alimento nuestros pensamientos; de modo que pensando santamente, alimentaremos el pensamiento divino. La palabra, los latidos del corazón, los afectos, los deseos, los pasos que damos, las obras que hacemos, todo debe servir para alimentar a Jesús y debemos poner la intención de alimentar en Jesús a todas las criaturas.

« ¡Oh dulce Amor mío!, tú en esta hora transubstanciaste el pan y el vino en ti mismo; ¡Ah, haz oh Jesús, que todo lo que yo diga y haga, sea una continua consagración tuya en mí y en las almas! ».

« Dulce Vida mía, cuando vengas a mí, haz que cada uno de los latidos de mi corazón, cada deseo, cada afecto, cada pensamiento y cada palabra, pueda sentir la potencia de la consagración sacramental, de manera que, consagrado todo mi ser, se transforme en hostia viva para darte a las almas ».

« ¡Oh Jesús, dulce Amor mío!, haz que yo sea tu pequeña hostia para que como hostia viva pueda encerrarte totalmente en mí ».



 LA ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN




La entrada mesiánica en Jerusalén

Mc. 11. 1-10 Lc. 19. 28-38 Jn. 12. 12-15


21- 1 Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, 2 diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. 3 Y si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver en seguida”». 4 Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:

5. Digan a la hija de Sión:
Mira que tu rey viene hacia ti,
humilde y montado sobre un asna,
sobre la cría de un animal de carga.

6 Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; 7 trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. 8 Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. 9 La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba:

«¡Hosana al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosana en las alturas!».

10 Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?». 11 Y la gente respondía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea».
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Fragmento de la entrada de Jesús en Jerusalén, del libro: "Preparación para la Pasión" uno de los 11 Tomos de: "Los Evangelios como me fueron revelados", revelados por Jesús a María Valtorta.




["...Jesús y los suyos están bajo un grupo de árboles, a la sombra, sentados. Descansan del camino recorrido. Luego Jesús se levanta, deja el espacio arbolado donde estaban sentados y se llega justo hasta el borde del rellano. Su alto físico -así, erguido y solo, parece todavía más alto- destaca neto en el vacío que lo rodea. Tiene las manos recogidas sobre el pecho, sobre el manto azul, y mira serio, serio.

 Los apóstoles lo observan. Pero no le estorban, no moviéndose ni hablando. Deben pensar que se ha separado para orar.

 Pero Jesús no está rezando. Primero mira durante un tiempo largo a la ciudad, mira a todos sus barrios y a todas sus elevaciones y todos sus detalles, a veces fijando su mirada largamente en éste o aquel punto, otras veces con menor insistencia; luego se echa a llorar, sin convulsiones ni ruido. Las lágrimas llenan las órbitas, luego salen y ruedan por las mejillas y caen...
Lagrimones silenciosos y llenos de tristeza, como de una persona que sabe que debe llorar solo, sin esperar consuelo y comprensión de alguien, por un dolor que no puede ser anulado y que, sin remisión, debe ser sufrido.

El hermano de Juan, por su posición, es el primero que ve ese llanto y se lo dice a los otros, los cuales, asombrados, se miran.

-Ninguno de nosotros ha hecho alguna cosa mal - dice uno.

-Tampoco ha habido insultos de la gente, ni estaba entre ella ninguno de sus enemigos – dice otro.

-¿Por qué llora entonces? - pregunta el más anciano de todos.

 Pedro y Juan se levantan al mismo tiempo y se acercan al Maestro. Piensan que lo único que debe hacerse es hacerlesentir que lo quieren y preguntarle qué le sucede.

 -Maestro, ¿estás llorando? - dice Juan mientras apoya su cabeza rubia en el hombro de Jesús, que le supera en altura todo el cuello y la cabeza. Y Pedro, poniéndole una mano en la cintura, ciñéndole casi con un abrazo para arrimarle hacia sí, le dice: -¿Qué te aflige, Jesús? Dínoslo a nosotros, que te queremos.

 Jesús apoya la mejilla en la cabeza rubia de Juan, y, abriendo los brazos, pasa a su vez el brazo por el hombro de Pedro.

Permanecen en este abrazo los tres, en una postura de mucho amor. Pero el llanto sigue goteando.
 Juan, que siente que desciende entre sus cabellos, le pregunta de nuevo:

 -¿Por qué lloras, Maestro mío? ¿Es que te hemos adolorado nosotros?

 Los otros apóstoles se han añadido al grupo amoroso y ansiosamente esperan una respuesta.

 -No - dice Jesús - No vosotros. Vosotros sois amigos míos, y la amistad, cuando es sincera, es bálsamo y sonrisa, nunca llanto. Quisiera que permanecierais siempre en esta amistad conmigo, incluso ahora, que vamos a entrar en la corrupción que fermenta y que pudre a quien no tiene decidida voluntad de conservarse honesto.  -¿A dónde vamos, Maestro? ¿No a Jerusalén? La gente ya te ha saludado con alegría. ¿Quieres defraudarla? ¿Es que vamos a Samaria para algún prodigio? ¿Justo ahora, que la Pascua está cercana?

Varios al mismo tiempo hacen las preguntas.

Jesús levanta las manos e impone silencio. Luego, con la derecha, señala a la ciudad. Un gesto amplio, como de unapersona que fuera sembrando delante de sí. Y dice:

-Esa es la Corrupción. Entramos en Jerusalén. Entramos en ella. Y sólo el Altísimo sabe cómo quisiera santificarla llevando a ella la Santidad que viene de los Cielos. Santificar de nuevo, a esta que debería ser la Ciudad santa. Pero no podré hacerle nada. Corrompida está y corrompida se queda. Y los ríos de santidad que brotan del Templo vivo, y que más aún brotarán dentro de pocos días hasta dejarlo vacío de vida, no serán suficientes para redimirla. Vendrá al Santo la Samaria y el mundo pagano. Sobre los templos falsos se alzarán los templos del Dios verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Cristo. Pero este pueblo, esta ciudad le será siempre adversa y su odio la llevará al mayor de los pecados. Ello debe suceder.

¡Pero, ay de aquellos que sean instrumentos de este delito! ¡Ay de ellos!...

Jesús mira fijamente a Judas, que está casi enfrente de Él.

-Eso a nosotros no nos sucederá nunca. Somos tus apóstoles y creemos en ti, dispuestos a morir por ti.


 Judas miente desvergonzadamente y resiste la mirada de Jesús sin turbación. Los otros unen a ello sus declaraciones en la misma línea.

Jesús responde a todos, evitando responder a Judas directamente.

 -Quiera el Cielo que así seáis. Pero en vosotros hay todavía mucha debilidad y la tentación podría haceros semejantes a los que me odian. Orad mucho y velad mucho por vosotros mismos. Satanás sabe que está para ser derrotado y quiere vengarse arrebatándoos de mis manos. Satanás está alrededor de todos nosotros: de mí, para impedirme hacer la voluntad del Padre y cumplir mi misión; de vosotros, para reduciros a siervos suyos. Velad. Dentro de esas murallas, Satanás se apoderará de aquel que no sepa ser fuerte. Aquel para quien el haber sido elegido será maldición, porque hizo de su elección una finalidad humana.

Os he elegido para el Reino de los Cielos y no para el del mundo. Recordad esto. Y tú, ciudad que quieres tu destrucción, ciudad por la que lloro: que sepas que tu Cristo ora por tu redención. ¡Ah, si al menos en esta hora que te queda supieras venir a quien sería tu paz! ¡Sí al menos comprendieras en esta hora al Amor que pasa por ti, y te despojaras del odio que te ciega y te enloquece, que te hace cruel respecto a ti misma y a tu bien! ¡Pero llegará el día en que recordarás esta hora! 
¡Demasiado tarde, entonces para llorar y arrepentirte! El Amor habrá pasado y habrá desaparecido de tus calles. Quedará el Odio que has preferido. Y el Odio se volverá contra ti, contra tus hijos. Porque se tiene lo que se ha querido y el odio se paga con el odio. Y no será, entonces, un odio de fuertes contra inermes, sino odio contra odio, y, por tanto, guerra y muerte. Acorralada por trincheras y soldados, languidecerás antes de ser destruida y verás caer a tus hijos por armas y hambre y a los supervivientes ir como prisioneros, y los verás escarnecidos, y pedirás misericordia, mas no la hallarás porque no has querido conocer tu Salud.

Lloro, amigos, porque tengo corazón de hombre y las ruinas de la patria le sacan lágrimas. Pero es justo que esto se cumpla, porque la corrupción supera entre estas murallas todo límite y atrae el castigo de Dios. ¡Ay de los ciudadanos que sean causa del mal de la patria! ¡Ay de los dirigentes, que son la causa principal de ello! ¡Ay de aquellos que deberían ser santos para conducir a los demás a la honestidad, y que, al contrario, profanan la Casa de su ministerio y se profanan a sí mismos! Venid. De nada servirá mi acción. Pero ¡hagamos que la Luz resplandezca una vez más en las Tinieblas!


 Y Jesús desciende, seguido por los suyos. Va rápido por el camino, el rostro serio, yo diría: casi enfadado. Y ya no habla.

Entra en una casita que está al pie del collado. Y ya no veo más.

 Dice Jesús (a María Valtorta):

-La escena narrada por Lucas parece sin conexión, casi ilógica. ¿Lamento las desdichas de una ciudad culpable y no tengo conmiseración de sus hábitos? No, no tengo, no puedo tener conmiseración de ellos, porque son precisamente estos hábitos los que engendran las desdichas; y verlos agudiza mi dolor. Mi ira contra los profanadores del Templo es la lógica consecuencia de mi meditación sobre las ya cercanas desdichas de Jerusalén.

Los castigos del Cielo están siempre provocados por las profanaciones del culto de Dios y de la Ley de Dios. Haciendo de la Casa de Dios una cueva de ladrones, aquellos sacerdotes indignos y aquellos indignos creyentes (de nombre sólo) atraían para todo el pueblo maldición y muerte. Es inútil dar uno u otro nombre al mal que hace sufrir a un pueblo; buscad su justo nombre en esto: "Castigo por una vida de animales". Dios se retira y el Mal avanza. Éste es el fruto de una vida nacional indigna delnombre de cristiana.


 Como entonces, tampoco ahora, en esta fracción de siglo (en plena Segunda Guerra Mundial), he dejado de aguijar y llamar; pero, como entonces, lo único que he obtenido para mí y para los instrumentos por mí usados ha sido burla, indiferencia y odio. Recuerden, no obstante, las personas en particular y las naciones, recuerden que inútilmente lloran cuando antes no quisieron conocer su salvación. Inútilmente me invocan cuando en la hora en que me hallaba con ellos me expulsaron con una guerra sacrílega que, partiendo de las conciencias particulares, devotas del Mal, se extendió por toda la Nación. Las Patrias no se salvan tanto con las armas, cuanto con una forma de vida que atraiga las protecciones del Cielo.

 Casi no ha tenido tiempo Jesús (continúa la narración María Valtorta) de entrar en la casa bendiciendo a los que en ella moran, y ya se oye el sonido alegre de cascabeles y voces festivas. Un instante después, la cara enjuta y pálida de Isaac aparece en la abertura de la puerta y el fiel pastor entra y se postra ante su Señor Jesús.

En el marco de la puerta, abierta de par en par, se apiñan muchas caras (y detrás se ven todavía más). Gente que choca, que se apretuja, que quiere abrirse paso... Algún grito de mujer, algún llanto de niño atrapado en medio del gentío, y gritos de saludo y exclamaciones festivas:

-¡Dichoso este día que te trae de nuevo a nosotros! ¡La paz a ti, Señor! Bien vuelves, Maestro, a premiar nuestra fidelidad.


 Jesús se pone en pie y hace ademán de hablar. Todos callan. La voz de Jesús se oye con nitidez.  -¡Paz a vosotros! No os apretujéis. Vamos a subir juntos al Templo. He venido para estar con vosotros. ¡Paz! ¡Paz! No os hagáis daño. ¡Dejad paso, amados míos! Dejadme salir, y seguidme, porque entraremos juntos en la Ciudad santa.

La gente, bien o mal, obedece. Y se abre un poco de camino. Lo suficiente como para que Jesús pueda salir y montar en el pollino (porque Jesús señala como cabalgadura para Él el pollino que hasta ahora nunca ha sido montado). Entonces, unos ricos peregrinos comprimidos entre el gentío extienden sobre la grupa del animal sus suntuosos mantos, y uno de ellos hinca una rodilla en tierra mientras con la otra hace de escalón para el Señor, que se sienta en la grupa del pollino de asna. El viaje empieza. Pedro va a un lado del Maestro e Isaac al otro, teniendo las bridas del animal, que aunque no esté domado camina tranquilo, como si estuviera acostumbrado a ese oficio, sin inquietarse o asustarse de las flores que a menudo - dado que las arrojan hacia Jesús- le dan al animalito en los ojos o en el blando morro; ni tampoco de las ramas de olivo y de las hojas de 
palma que la gente agita delante y alrededor de él, arrojadas al suelo para que hagan de alfombra junto con las flores; ni de los gritos, cada vez más fuertes, de: «¡Hosanna, Hijo de David!» que se elevan al cielo sereno mientras la muchedumbre se va adensando cada vez más y aumenta por otros que han llegado nuevos.

Pasar por Betfagé, por entre las callejuelas estrechas y tortuosas no es cosa fácil. Las madres deben coger en brazos a los niños, y los hombres deben proteger de golpes demasiado violentos a las mujeres. Y algún padre monta a su hijito a caballo de sus hombros y lo lleva así alto, más alto que la gente, mientras las vocecitas de los niños parecen balidos de corderos o chillidos de golondrinas y sus manitas echan las flores y hojas de olivo que les dan sus madres, y también besos, al manso Jesús...


 Una vez fuera del pequeño arrabal, el cortejo se ordena y se extiende. Muchos, diligentemente, se adelantan para ir abriendo la marcha liberando el camino. Otros los siguen, esparciendo ramos en el suelo. Uno tiene la iniciativa de arrojar su manto como alfombra, y otro y cuatro y diez y cien y mil lo imitan. La calle presenta en su centro una faja multicolor de indumentos extendidos en el suelo. Una vez que Jesús pasa, recogen los indumentos y los llevan más adelante, con otros, con otros, y más flores, ramos, hojas de palma, que la gente agita y arroja; y se elevan gritos más fuertes en torno al Rey de Israel, al Hijo de David, a su Reino, en torno a Él y en honor de Él.

Los soldados que están de guardia en la puerta salen a ver qué sucede. Pero como no se trata de una sedición, apoyados en sus lanzas se hacen a un lado y observan admirados o irónicos el extraño cortejo de ese Rey que cabalga un pollino de asna, hermoso Él como un dios, humilde como el más pobre de los hombres, manso, bendecidor... rodeado de mujeres y niños y hombres desarmados que gritan «¡Paz! ¡Paz!»; de este Rey que antes de entrar en la ciudad se detiene un momento a la altura de los sepulcros de Hinnón y de Siloán (creo que refiero bien estos lugares donde he visto milagros de leprosos otras veces), y apoyándose en el único estribo en que descansa su pie -pues está sentado en el asno, no a caballo de él-, se yergue Y abre los brazos mientras eleva su voz en dirección a aquellas laderas horrendas (donde se asoman caras y cuerpos horrorosos mirando hacia Jesús y alzando el grito quejumbroso de los leprosos: «¡Estamos infectados!», para alejar a algunos imprudentes que, con tal de ver a Jesús, subirían incluso a esos corrompidos e infectados rellanos):


-¡El que tenga fe en mí que invoque mi Nombre y reciba por ello la salud! - y bendice para reanudar luego la marcha, ordenando a Judas de Keriot:

-Comprarás alimentos para los leprosos y, con Simón, se los llevarás antes de que anochezca.


 Cuando el cortejo entra por debajo de la bóveda de la puerta de Siloán y luego, como un torrente, irrumpe dentro de la ciudad, al pasar por el barrio de Ofel -donde todas las terrazas se han transformado en una pequeña, aérea plaza colmada de gente jubilosa que arroja a la calle flores y perfumes, tratando de que caigan sobre el Maestro, y el aire está saturado del olor de las flores que mueren bajo los pasos de las turbas y de la esencia que se esparce en el aire antes de caer al polvo del camino-, al pasar por el barrio de Ofel, el grito de la multitud parece aumentar y hacerse fuerte como si cada uno lo gritara con una bocina, porque los espacios abovedados de que está llena Jerusalén lo amplifican con resonancias continuas.

 Oigo gritar, y creo que quiere decir lo que escriben los evangelistas:

 -¡Salem, Salem melquil! - (o malquit: trato de representar el sonido de las palabras, pero es difícil porque tienen aspiraciones que nosotros no tenemos). Es un grito continuo, semejante al bramido de un mar en tempestad en que antes de que cese el fragor del golpe que azota playas y escolleras ya otro golpe lo recoge y lo alza de nuevo formando un nuevo fragor, sin tregua alguna. ¡Estoy ensordecida...!

 Perfumes, olores, gritos, agitación de ramos y de indumentos, colores, chillidos... Es una visión que aturde.

 Veo mezclarse continuamente a la muchedumbre, aparecer y desaparecer caras conocidas: todos los discípulos de todos los lugares de Palestina, todos los seguidores... Veo a Jairo, a Yaia -me parece, el jovencito de Pel.la que era ciego como su madre y al que Jesús curó. Veo a Joaquín de Bosra y a aquel campesino de la llanura de Sarón con sus hermanos; veo al anciano y solitario Matías en cuya casa, de aquel lugar del Jordán (orilla oriental), Jesús se refugió mientras todo estaba inundado; y a Zaqueo con sus amigos convertidos; veo al anciano Juan de Nob con casi todos los habitantes de esta ciudad; veo al marido de Sara de Yuttá... Pero ¿quién puede llevar la cuenta de caras y nombres, si es un calidoscopio de caras conocidas y desconocidas, vistas varias veces o una vez sólo?... Y ahora la cara de1 pastorcito de Enón, y junto a él el discípulo de Corazín que dejó sepultar a su padre por seguir a Jesús; y, al lado de él, un instante, al padre y la madre de Benjamín de Cafarnaúm con su hijito, que por poco si se cae debajo de las patas del asno por echarse hacia delante y recibir una caricia de Jesús. 

 Y -por desgracia- caras de fariseos y escribas (lívidos de ira por este triunfo) que hienden atropelladores el círculo de amor apiñado en torno a Jesús, y gritan:

 -¡Manda callar a estos locos! ¡Hazle entrar en razón! ¡Los hosannas son sólo para Dios! ¡Di que se callen! A lo cual Jesús responde dulcemente:

 -¡Aunque les dijera que se callasen y me obedecieran, las piedras gritarían los prodigios de Verbo de Dios!

 Y es que, en efecto, la gente, además de gritar: «¡Hosanna, hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna a Él y a su Reino! ¡Dios está con nosotros! ¡El Emmanuel ha venido! ¡Ha venido el Reino del Cristo del Señor! ¡Hosanna! ¡Hosanna desde la Tierra hasta lo alto del Cielo! ¡Paz! ¡Paz, mi Rey! ¡Paz y bendición a ti, Rey santo! ¡Paz y gloria en los Cielos y en la Tierra! ¡Gloria a Dios por su Cristo! ¡Paz a los hombres que lo saben acoger! ¡Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad y gloria en los Cielos Altísimos porque la hora del Señor ha venido!» (y quien grita esto último es el grupo compacto de los pastores, que repiten el grito natalicio); además de estas exclamaciones continuas, la gente de Palestina narra a los peregrinos de la Diáspora los milagros que han visto, y, a quienes no saben lo que está sucediendo -por ser extranjeros, de paso fortuitamente por la ciudad- y que preguntan: «¿Pero quién es éste?, ¿qué sucede» - les explican:

-¡Es Jesús!, ¡Jesús, el Maestro de Nazaret de Galilea! ¡El Profeta! ¡El Mesías del Señor! ¡El Prometido! ¡El Santo!


De una casa -sobrepasada su puerta poco antes porque la marcha es lentísima en medio de tanta confusión- sale un grupo de robustos jóvenes llevando en alto recipientes de cobre llenos de carbones encendidos, y de incienso que arde y esparce nubes de humo oloroso. Y otros recogen este gesto y lo repiten, de forma que muchos corren adelante o vuelven hacia atrás, a sus casas, para proveerse de fuego y resinas olorosas para quemarlas en honor del Cristo.

 Aparece la casa de Analía; la terraza, enguirnaldada con vid de hojas nuevas, temblorosas por un leve viento abrileño;

presenta en el lado de la calle toda una fila de jovencitas vestidas y veladas de blanco -en cuyo centro está Analía-, con cestos de pétalos de rosas deshojadas y de muguetes, que ya revolean en el aire.

-¡Las vírgenes de Israel te saludan, Señor! - dice Juan, que se ha abierto paso y ahora está al lado de Jesús, atrayendo su atención hacia la guirnalda de pureza que se asoma sonriendo tras el pretil para sembrar la calle de pétalos rojos como la sangre y muguetes blancos como perlas.

Jesús sujeta un instante los ramales y para al pollino. Levanta la cara y la mano para bendecir a esa virginidad, enamorada de Él hasta el punto de renunciar a todo amor terreno.

 Y Analía se echa hacia delante y grita:

 -¡He visto tu triunfo, Señor! ¡Toma mi vida para tu glorificación universal! - y, mientras Jesús pasa por debajo de su casa y prosigue, lo saluda con un grito altísimo: 

-¡Jesús! Y otro, un grito distinto, sobrepuja el clamor de la muchedumbre. Pero la gente, a pesar de oírlo, no se detiene. Es un río de entusiasmo, un río irrefrenable de pueblo en delirio. Y, mientras las últimas ondas de este río están todavía fuera de las puertas, las primeras ya acometen las subidas que conducen al Templo.

 -¡Ahí está tu Madre! - grita Pedro señalando a una casa situada casi en la esquina de una calle que sube al Moria y por la que el cortejo se encanala. Y Jesús alza su cara para sonreír a su Madre, que está allí arriba entre las mujeres fieles..."]

reeditado