"He venido por TODOS mis HIJOS con el deseo de
acercarlos a Nuestros Corazones"




El Señor expuesto las 24  horas del día en vivo y en directo

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LAS HORAS DE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Las veinticuatro horas de la Pasión

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Meditaciones Sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Para acompañar a Nuestro Señor Jesucristo, en cada Hora de su Pasión

Por Luisa Picarretta, hija de la Divina Voluntad. 
(En proceso de Beatificación)



HORA DE SAN JOSÉ
Para hacer los:
Domingos a la 21 horas
 Domingos 09:00 PM





Presentamos la Asociación por las Almas del Purgatorio. 
¡Inscribe a las tuyas! ¡Reza por todas!
Por RORATE CÆLI -23/11/2014


domingo, 20 de marzo de 2016

LA ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN


La entrada mesiánica en Jerusalén

Mc. 11. 1-10 Lc. 19. 28-38 Jn. 12. 12-15

21- 1 Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, 2 diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. 3 Y si alguien les dice algo, respondan: “El Señor los necesita y los va a devolver en seguida”». 4 Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:

5. Digan a la hija de Sión:
Mira que tu rey viene hacia ti,
humilde y montado sobre un asna,
sobre la cría de un animal de carga.

6 Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; 7 trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. 8 Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. 9 La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba:

«¡Hosana al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosana en las alturas!».

10 Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?». 11 Y la gente respondía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea».
_________

Fragmento de la entrada de Jesús en Jerusalén, del libro: "Preparación para la Pasión" uno de los 11 Tomos de: "Los Evangelios como me fueron revelados", revelados por Jesús a María Valtorta.



["...Jesús y los suyos están bajo un grupo de árboles, a la sombra, sentados. Descansan del camino recorrido. Luego Jesús se levanta, deja el espacio arbolado donde estaban sentados y se llega justo hasta el borde del rellano. Su alto físico -así, erguido y solo, parece todavía más alto- destaca neto en el vacío que lo rodea. Tiene las manos recogidas sobre el pecho, sobre el manto azul, y mira serio, serio.

 Los apóstoles lo observan. Pero no le estorban, no moviéndose ni hablando. Deben pensar que se ha separado para orar.

 Pero Jesús no está rezando. Primero mira durante un tiempo largo a la ciudad, mira a todos sus barrios y a todas sus elevaciones y todos sus detalles, a veces fijando su mirada largamente en éste o aquel punto, otras veces con menor insistencia; luego se echa a llorar, sin convulsiones ni ruido. Las lágrimas llenan las órbitas, luego salen y ruedan por las mejillas y caen...
Lagrimones silenciosos y llenos de tristeza, como de una persona que sabe que debe llorar solo, sin esperar consuelo y comprensión de alguien, por un dolor que no puede ser anulado y que, sin remisión, debe ser sufrido.

El hermano de Juan, por su posición, es el primero que ve ese llanto y se lo dice a los otros, los cuales, asombrados, se miran.

-Ninguno de nosotros ha hecho alguna cosa mal - dice uno.

-Tampoco ha habido insultos de la gente, ni estaba entre ella ninguno de sus enemigos – dice otro.

-¿Por qué llora entonces? - pregunta el más anciano de todos.

 Pedro y Juan se levantan al mismo tiempo y se acercan al Maestro. Piensan que lo único que debe hacerse es hacerlesentir que lo quieren y preguntarle qué le sucede.

 -Maestro, ¿estás llorando? - dice Juan mientras apoya su cabeza rubia en el hombro de Jesús, que le supera en altura todo el cuello y la cabeza. Y Pedro, poniéndole una mano en la cintura, ciñéndole casi con un abrazo para arrimarle hacia sí, le dice: -¿Qué te aflige, Jesús? Dínoslo a nosotros, que te queremos.

 Jesús apoya la mejilla en la cabeza rubia de Juan, y, abriendo los brazos, pasa a su vez el brazo por el hombro de Pedro.

Permanecen en este abrazo los tres, en una postura de mucho amor. Pero el llanto sigue goteando.
 Juan, que siente que desciende entre sus cabellos, le pregunta de nuevo:

 -¿Por qué lloras, Maestro mío? ¿Es que te hemos adolorado nosotros?

 Los otros apóstoles se han añadido al grupo amoroso y ansiosamente esperan una respuesta.

 -No - dice Jesús - No vosotros. Vosotros sois amigos míos, y la amistad, cuando es sincera, es bálsamo y sonrisa, nunca llanto. Quisiera que permanecierais siempre en esta amistad conmigo, incluso ahora, que vamos a entrar en la corrupción que fermenta y que pudre a quien no tiene decidida voluntad de conservarse honesto.  -¿A dónde vamos, Maestro? ¿No a Jerusalén? La gente ya te ha saludado con alegría. ¿Quieres defraudarla? ¿Es que vamos a Samaria para algún prodigio? ¿Justo ahora, que la Pascua está cercana?

Varios al mismo tiempo hacen las preguntas.

Jesús levanta las manos e impone silencio. Luego, con la derecha, señala a la ciudad. Un gesto amplio, como de unapersona que fuera sembrando delante de sí. Y dice:

-Esa es la Corrupción. Entramos en Jerusalén. Entramos en ella. Y sólo el Altísimo sabe cómo quisiera santificarla llevando a ella la Santidad que viene de los Cielos. Santificar de nuevo, a esta que debería ser la Ciudad santa. Pero no podré hacerle nada. Corrompida está y corrompida se queda. Y los ríos de santidad que brotan del Templo vivo, y que más aún brotarán dentro de pocos días hasta dejarlo vacío de vida, no serán suficientes para redimirla. Vendrá al Santo la Samaria y el mundo pagano. Sobre los templos falsos se alzarán los templos del Dios verdadero. Los corazones de los gentiles adorarán al Cristo. Pero este pueblo, esta ciudad le será siempre adversa y su odio la llevará al mayor de los pecados. Ello debe suceder.

¡Pero, ay de aquellos que sean instrumentos de este delito! ¡Ay de ellos!...

Jesús mira fijamente a Judas, que está casi enfrente de Él.

-Eso a nosotros no nos sucederá nunca. Somos tus apóstoles y creemos en ti, dispuestos a morir por ti.


 Judas miente desvergonzadamente y resiste la mirada de Jesús sin turbación. Los otros unen a ello sus declaraciones en la misma línea.

Jesús responde a todos, evitando responder a Judas directamente.

 -Quiera el Cielo que así seáis. Pero en vosotros hay todavía mucha debilidad y la tentación podría haceros semejantes a los que me odian. Orad mucho y velad mucho por vosotros mismos. Satanás sabe que está para ser derrotado y quiere vengarse arrebatándoos de mis manos. Satanás está alrededor de todos nosotros: de mí, para impedirme hacer la voluntad del Padre y cumplir mi misión; de vosotros, para reduciros a siervos suyos. Velad. Dentro de esas murallas, Satanás se apoderará de aquel que no sepa ser fuerte. Aquel para quien el haber sido elegido será maldición, porque hizo de su elección una finalidad humana.

Os he elegido para el Reino de los Cielos y no para el del mundo. Recordad esto. Y tú, ciudad que quieres tu destrucción, ciudad por la que lloro: que sepas que tu Cristo ora por tu redención. ¡Ah, si al menos en esta hora que te queda supieras venir a quien sería tu paz! ¡Sí al menos comprendieras en esta hora al Amor que pasa por ti, y te despojaras del odio que te ciega y te enloquece, que te hace cruel respecto a ti misma y a tu bien! ¡Pero llegará el día en que recordarás esta hora! 
¡Demasiado tarde, entonces para llorar y arrepentirte! El Amor habrá pasado y habrá desaparecido de tus calles. Quedará el Odio que has preferido. Y el Odio se volverá contra ti, contra tus hijos. Porque se tiene lo que se ha querido y el odio se paga con el odio. Y no será, entonces, un odio de fuertes contra inermes, sino odio contra odio, y, por tanto, guerra y muerte. Acorralada por trincheras y soldados, languidecerás antes de ser destruida y verás caer a tus hijos por armas y hambre y a los supervivientes ir como prisioneros, y los verás escarnecidos, y pedirás misericordia, mas no la hallarás porque no has querido conocer tu Salud.

Lloro, amigos, porque tengo corazón de hombre y las ruinas de la patria le sacan lágrimas. Pero es justo que esto se cumpla, porque la corrupción supera entre estas murallas todo límite y atrae el castigo de Dios. ¡Ay de los ciudadanos que sean causa del mal de la patria! ¡Ay de los dirigentes, que son la causa principal de ello! ¡Ay de aquellos que deberían ser santos para conducir a los demás a la honestidad, y que, al contrario, profanan la Casa de su ministerio y se profanan a sí mismos! Venid. De nada servirá mi acción. Pero ¡hagamos que la Luz resplandezca una vez más en las Tinieblas!


 Y Jesús desciende, seguido por los suyos. Va rápido por el camino, el rostro serio, yo diría: casi enfadado. Y ya no habla.

Entra en una casita que está al pie del collado. Y ya no veo más.

 Dice Jesús (a María Valtorta):

-La escena narrada por Lucas parece sin conexión, casi ilógica. ¿Lamento las desdichas de una ciudad culpable y no tengo conmiseración de sus hábitos? No, no tengo, no puedo tener conmiseración de ellos, porque son precisamente estos hábitos los que engendran las desdichas; y verlos agudiza mi dolor. Mi ira contra los profanadores del Templo es la lógica consecuencia de mi meditación sobre las ya cercanas desdichas de Jerusalén.

Los castigos del Cielo están siempre provocados por las profanaciones del culto de Dios y de la Ley de Dios. Haciendo de la Casa de Dios una cueva de ladrones, aquellos sacerdotes indignos y aquellos indignos creyentes (de nombre sólo) atraían para todo el pueblo maldición y muerte. Es inútil dar uno u otro nombre al mal que hace sufrir a un pueblo; buscad su justo nombre en esto: "Castigo por una vida de animales". Dios se retira y el Mal avanza. Éste es el fruto de una vida nacional indigna delnombre de cristiana.


 Como entonces, tampoco ahora, en esta fracción de siglo (en plena Segunda Guerra Mundial), he dejado de aguijar y llamar; pero, como entonces, lo único que he obtenido para mí y para los instrumentos por mí usados ha sido burla, indiferencia y odio. Recuerden, no obstante, las personas en particular y las naciones, recuerden que inútilmente lloran cuando antes no quisieron conocer su salvación. Inútilmente me invocan cuando en la hora en que me hallaba con ellos me expulsaron con una guerra sacrílega que, partiendo de las conciencias particulares, devotas del Mal, se extendió por toda la Nación. Las Patrias no se salvan tanto con las armas, cuanto con una forma de vida que atraiga las protecciones del Cielo.

 Casi no ha tenido tiempo Jesús (continúa la narración María Valtorta) de entrar en la casa bendiciendo a los que en ella moran, y ya se oye el sonido alegre de cascabeles y voces festivas. Un instante después, la cara enjuta y pálida de Isaac aparece en la abertura de la puerta y el fiel pastor entra y se postra ante su Señor Jesús.

En el marco de la puerta, abierta de par en par, se apiñan muchas caras (y detrás se ven todavía más). Gente que choca, que se apretuja, que quiere abrirse paso... Algún grito de mujer, algún llanto de niño atrapado en medio del gentío, y gritos de saludo y exclamaciones festivas:

-¡Dichoso este día que te trae de nuevo a nosotros! ¡La paz a ti, Señor! Bien vuelves, Maestro, a premiar nuestra fidelidad.


 Jesús se pone en pie y hace ademán de hablar. Todos callan. La voz de Jesús se oye con nitidez.  -¡Paz a vosotros! No os apretujéis. Vamos a subir juntos al Templo. He venido para estar con vosotros. ¡Paz! ¡Paz! No os hagáis daño. ¡Dejad paso, amados míos! Dejadme salir, y seguidme, porque entraremos juntos en la Ciudad santa.

La gente, bien o mal, obedece. Y se abre un poco de camino. Lo suficiente como para que Jesús pueda salir y montar en el pollino (porque Jesús señala como cabalgadura para Él el pollino que hasta ahora nunca ha sido montado). Entonces, unos ricos peregrinos comprimidos entre el gentío extienden sobre la grupa del animal sus suntuosos mantos, y uno de ellos hinca una rodilla en tierra mientras con la otra hace de escalón para el Señor, que se sienta en la grupa del pollino de asna. El viaje empieza. Pedro va a un lado del Maestro e Isaac al otro, teniendo las bridas del animal, que aunque no esté domado camina tranquilo, como si estuviera acostumbrado a ese oficio, sin inquietarse o asustarse de las flores que a menudo - dado que las arrojan hacia Jesús- le dan al animalito en los ojos o en el blando morro; ni tampoco de las ramas de olivo y de las hojas de 
palma que la gente agita delante y alrededor de él, arrojadas al suelo para que hagan de alfombra junto con las flores; ni de los gritos, cada vez más fuertes, de: «¡Hosanna, Hijo de David!» que se elevan al cielo sereno mientras la muchedumbre se va adensando cada vez más y aumenta por otros que han llegado nuevos.

Pasar por Betfagé, por entre las callejuelas estrechas y tortuosas no es cosa fácil. Las madres deben coger en brazos a los niños, y los hombres deben proteger de golpes demasiado violentos a las mujeres. Y algún padre monta a su hijito a caballo de sus hombros y lo lleva así alto, más alto que la gente, mientras las vocecitas de los niños parecen balidos de corderos o chillidos de golondrinas y sus manitas echan las flores y hojas de olivo que les dan sus madres, y también besos, al manso Jesús...


 Una vez fuera del pequeño arrabal, el cortejo se ordena y se extiende. Muchos, diligentemente, se adelantan para ir abriendo la marcha liberando el camino. Otros los siguen, esparciendo ramos en el suelo. Uno tiene la iniciativa de arrojar su manto como alfombra, y otro y cuatro y diez y cien y mil lo imitan. La calle presenta en su centro una faja multicolor de indumentos extendidos en el suelo. Una vez que Jesús pasa, recogen los indumentos y los llevan más adelante, con otros, con otros, y más flores, ramos, hojas de palma, que la gente agita y arroja; y se elevan gritos más fuertes en torno al Rey de Israel, al Hijo de David, a su Reino, en torno a Él y en honor de Él.

Los soldados que están de guardia en la puerta salen a ver qué sucede. Pero como no se trata de una sedición, apoyados en sus lanzas se hacen a un lado y observan admirados o irónicos el extraño cortejo de ese Rey que cabalga un pollino de asna, hermoso Él como un dios, humilde como el más pobre de los hombres, manso, bendecidor... rodeado de mujeres y niños y hombres desarmados que gritan «¡Paz! ¡Paz!»; de este Rey que antes de entrar en la ciudad se detiene un momento a la altura de los sepulcros de Hinnón y de Siloán (creo que refiero bien estos lugares donde he visto milagros de leprosos otras veces), y apoyándose en el único estribo en que descansa su pie -pues está sentado en el asno, no a caballo de él-, se yergue Y abre los brazos mientras eleva su voz en dirección a aquellas laderas horrendas (donde se asoman caras y cuerpos horrorosos mirando hacia Jesús y alzando el grito quejumbroso de los leprosos: «¡Estamos infectados!», para alejar a algunos imprudentes que, con tal de ver a Jesús, subirían incluso a esos corrompidos e infectados rellanos):


-¡El que tenga fe en mí que invoque mi Nombre y reciba por ello la salud! - y bendice para reanudar luego la marcha, ordenando a Judas de Keriot:

-Comprarás alimentos para los leprosos y, con Simón, se los llevarás antes de que anochezca.


 Cuando el cortejo entra por debajo de la bóveda de la puerta de Siloán y luego, como un torrente, irrumpe dentro de la ciudad, al pasar por el barrio de Ofel -donde todas las terrazas se han transformado en una pequeña, aérea plaza colmada de gente jubilosa que arroja a la calle flores y perfumes, tratando de que caigan sobre el Maestro, y el aire está saturado del olor de las flores que mueren bajo los pasos de las turbas y de la esencia que se esparce en el aire antes de caer al polvo del camino-, al pasar por el barrio de Ofel, el grito de la multitud parece aumentar y hacerse fuerte como si cada uno lo gritara con una bocina, porque los espacios abovedados de que está llena Jerusalén lo amplifican con resonancias continuas.

 Oigo gritar, y creo que quiere decir lo que escriben los evangelistas:

 -¡Salem, Salem melquil! - (o malquit: trato de representar el sonido de las palabras, pero es difícil porque tienen aspiraciones que nosotros no tenemos). Es un grito continuo, semejante al bramido de un mar en tempestad en que antes de que cese el fragor del golpe que azota playas y escolleras ya otro golpe lo recoge y lo alza de nuevo formando un nuevo fragor, sin tregua alguna. ¡Estoy ensordecida...!

 Perfumes, olores, gritos, agitación de ramos y de indumentos, colores, chillidos... Es una visión que aturde.

 Veo mezclarse continuamente a la muchedumbre, aparecer y desaparecer caras conocidas: todos los discípulos de todos los lugares de Palestina, todos los seguidores... Veo a Jairo, a Yaia -me parece, el jovencito de Pel.la que era ciego como su madre y al que Jesús curó. Veo a Joaquín de Bosra y a aquel campesino de la llanura de Sarón con sus hermanos; veo al anciano y solitario Matías en cuya casa, de aquel lugar del Jordán (orilla oriental), Jesús se refugió mientras todo estaba inundado; y a Zaqueo con sus amigos convertidos; veo al anciano Juan de Nob con casi todos los habitantes de esta ciudad; veo al marido de Sara de Yuttá... Pero ¿quién puede llevar la cuenta de caras y nombres, si es un calidoscopio de caras conocidas y desconocidas, vistas varias veces o una vez sólo?... Y ahora la cara de1 pastorcito de Enón, y junto a él el discípulo de Corazín que dejó sepultar a su padre por seguir a Jesús; y, al lado de él, un instante, al padre y la madre de Benjamín de Cafarnaúm con su hijito, que por poco si se cae debajo de las patas del asno por echarse hacia delante y recibir una caricia de Jesús. 

 Y -por desgracia- caras de fariseos y escribas (lívidos de ira por este triunfo) que hienden atropelladores el círculo de amor apiñado en torno a Jesús, y gritan:

 -¡Manda callar a estos locos! ¡Hazle entrar en razón! ¡Los hosannas son sólo para Dios! ¡Di que se callen! A lo cual Jesús responde dulcemente:

 -¡Aunque les dijera que se callasen y me obedecieran, las piedras gritarían los prodigios de Verbo de Dios!

 Y es que, en efecto, la gente, además de gritar: «¡Hosanna, hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna a Él y a su Reino! ¡Dios está con nosotros! ¡El Emmanuel ha venido! ¡Ha venido el Reino del Cristo del Señor! ¡Hosanna! ¡Hosanna desde la Tierra hasta lo alto del Cielo! ¡Paz! ¡Paz, mi Rey! ¡Paz y bendición a ti, Rey santo! ¡Paz y gloria en los Cielos y en la Tierra! ¡Gloria a Dios por su Cristo! ¡Paz a los hombres que lo saben acoger! ¡Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad y gloria en los Cielos Altísimos porque la hora del Señor ha venido!» (y quien grita esto último es el grupo compacto de los pastores, que repiten el grito natalicio); además de estas exclamaciones continuas, la gente de Palestina narra a los peregrinos de la Diáspora los milagros que han visto, y, a quienes no saben lo que está sucediendo -por ser extranjeros, de paso fortuitamente por la ciudad- y que preguntan: «¿Pero quién es éste?, ¿qué sucede» - les explican:

-¡Es Jesús!, ¡Jesús, el Maestro de Nazaret de Galilea! ¡El Profeta! ¡El Mesías del Señor! ¡El Prometido! ¡El Santo!


De una casa -sobrepasada su puerta poco antes porque la marcha es lentísima en medio de tanta confusión- sale un grupo de robustos jóvenes llevando en alto recipientes de cobre llenos de carbones encendidos, y de incienso que arde y esparce nubes de humo oloroso. Y otros recogen este gesto y lo repiten, de forma que muchos corren adelante o vuelven hacia atrás, a sus casas, para proveerse de fuego y resinas olorosas para quemarlas en honor del Cristo.

 Aparece la casa de Analía; la terraza, enguirnaldada con vid de hojas nuevas, temblorosas por un leve viento abrileño;

presenta en el lado de la calle toda una fila de jovencitas vestidas y veladas de blanco -en cuyo centro está Analía-, con cestos de pétalos de rosas deshojadas y de muguetes, que ya revolean en el aire.

-¡Las vírgenes de Israel te saludan, Señor! - dice Juan, que se ha abierto paso y ahora está al lado de Jesús, atrayendo su atención hacia la guirnalda de pureza que se asoma sonriendo tras el pretil para sembrar la calle de pétalos rojos como la sangre y muguetes blancos como perlas.

Jesús sujeta un instante los ramales y para al pollino. Levanta la cara y la mano para bendecir a esa virginidad, enamorada de Él hasta el punto de renunciar a todo amor terreno.

 Y Analía se echa hacia delante y grita:

 -¡He visto tu triunfo, Señor! ¡Toma mi vida para tu glorificación universal! - y, mientras Jesús pasa por debajo de su casa y prosigue, lo saluda con un grito altísimo: 

-¡Jesús! Y otro, un grito distinto, sobrepuja el clamor de la muchedumbre. Pero la gente, a pesar de oírlo, no se detiene. Es un río de entusiasmo, un río irrefrenable de pueblo en delirio. Y, mientras las últimas ondas de este río están todavía fuera de las puertas, las primeras ya acometen las subidas que conducen al Templo.

 -¡Ahí está tu Madre! - grita Pedro señalando a una casa situada casi en la esquina de una calle que sube al Moria y por la que el cortejo se encanala. Y Jesús alza su cara para sonreír a su Madre, que está allí arriba entre las mujeres fieles..."]

viernes, 18 de marzo de 2016

Pensamientos sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 41

Pensamientos sobre la 
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 41

17 de julio, 2015
"Hija mía, en mi Pasión quise sufrir también la prisión para liberar a la criatura de la prisión de la culpa. ¡Oh! qué prisión horrenda es para el hombre el pecado, sus pasiones lo encadenan como vil esclavo, y mi prisión y mis cadenas lo liberaban y lo desataban. Para las almas amantes mi prisión les formaba la prisión de amor, donde podrían estar al seguro y defendidas de todos y de todo, y las escogía para tenerlas como prisiones y tabernáculos
vivientes, que me debían calentar de las frialdades de los tabernáculos de piedra, y mucho más de las frialdades de las criaturas, que aprisionándome en ellas me hacen morir de frío y de hambre; he aquí por qué muchas veces dejo las prisiones de los tabernáculos, y vengo a tu corazón para calentarme del frío, para restablecerme con tu amor, y cuando te veo ir en busca de Mí a los tabernáculos de las iglesias, Yo te digo: ¿No eres tú mi verdadera prisión de amor para Mí? Búscame en tu corazón y ámame."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 12, Diciembre 4, 1918

¡Las penas del amor son las más lacerantes!



Pensamientos sobre la 
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 42

24 de julio, 2015
"Hija mía, las penas del amor son las más lacerantes. Mira, en estas corrientes de amor entre yo y mi Padre está todo el amor que me debían todas las criaturas, por tanto está el amor traicionado, el amor negado, el amor rechazado, el amor desconocido, el amor pisoteado, etc. ¡Oh! cómo me llega traspasante a mi corazón, de sentirme morir; tú debes saber que al crear al hombre establecí innumerables corrientes de amor entre yo y él; no me bastaba con haberlo creado, no, debía poner tantascorrientes de amor entre yo y él, que no debía haber parte de él en la cual no
corrieran estas corrientes, así que en la inteligencia del hombre corría la corriente de amor de mi Sabiduría, en sus ojos corría la corriente del amor de mi Luz, en la boca la corriente de amor de mi palabra, en las manos la corriente de amor de la santidad de mis obras, en la voluntad la corriente de amor de la mía, y así de todo lo demás. El hombre había sido creado para estar en continuas comunicaciones con su Creador, ¿y cómo podía estar en comunicación conmigo si mis corrientes no corrían en las suyas? Con el pecado despedazó todas estas corrientes y quedó dividido de mí; ¿sabes como sucedió? Mira el sol, toda su luz toca la superficie de la tierra y la inviste tanto que hace sentir su calor, tan a lo vivo y real que lleva la fecundidad, la vida a todo lo que la tierra produce, así que se puede decir que el sol y la tierra están en comunicación entre ellos. ¡Oh! cómo son más estrechas mis comunicaciones entre el hombre y yo, verdadero Sol eterno. Ahora, si una criatura tuviera el poder de romper entre la tierra y el sol la corriente de la luz que toca la superficie de ella, ¿qué mal no haría? El sol retiraría en sí mismo toda la corriente de la luz, la tierra quedaría en la oscuridad, sin fecundidad y sin vida. ¿Qué pena merecería ese tal? Todo esto fue lo que hizo el hombre en la Creación, y yo descendí del Cielo a la tierra para reunir de nuevo todas estas corrientes de amor, pero, ¡oh, cuánto me costó! Y el hombre continúa su ingratitud y vuelve a destrozarme las corrientes por mí restablecidas.."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 14, Noviembre 20, 1922


¡Deberías alegrarte!



Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 43

31 de julio, 2015
"Hija mía, la cruz es semilla de virtud, y así como quien siembra, cosecha por diez, veinte, treinta, e incluso por cien, así la cruz, siendo semilla multiplica las virtudes, las perfecciona, las embellece de maravilla; así que cuantas más cruces se acumulan en torno a ti, tantas semillas de virtudes se arrojan en tu alma. Por eso en vez de afligirte cuando te llegue una nueva cruz, deberías alegrarte pensando en hacer adquisición de otra semilla para poderte enriquecer y también completar tu corona."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 6, Enero 28, 1905
Cada pena y cada bien que yo hacía, 
era un día de más que daba a la criatura



Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 44

7 de agosto, 2015
"Hija mía, cuando fui presentado ante Caifás era pleno día, y era tanto el Amor que yo tenía hacia las criaturas, que salía en este último día ante el pontífice todo deformado, llagado, para recibir la condena de muerte; pero cuantas penas debía costarme esta condena, y yo estas penas las convertía en días eternos, con los cuales circundaba a cada una de las criaturas, a fin de que alejándole las tinieblas, cada una encontrara la luz necesaria para salvarse y ponía a su disposición mi condena de muerte para que encontraran en ella su vida. Así que cada pena y cada bien que Yo hacía, era un día de más que daba a la criatura; y no sólo Yo, sino también el bien que hacen las criaturas es siempre día que forman, así como el mal es noche. Sucede como cuando una persona tiene una luz y se encuentran cerca de ella diez, veinte personas, a pesar de que la luz no es de todas, sino de una sola, las otras gozan de la luz, pueden trabajar, leer, y mientras ellas se aprovechan de la luz no hacen ningún daño a la persona que la posee. Así sucede con el bien obrar, no sólo es día para ella, sino que puede hacer el día a quién sabe cuántas otras; el bien es
siempre comunicativo y mi Amor no sólo me incitaba a Mí, sino que daba la gracia a las criaturas que me aman, de formar tantos días en provecho de sus hermanos por cuantas obras buenas van haciendo."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 13, Septiembre 21, 1921


¡Yo me sentía morir y moría en realidad!




Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 45

21 de agosto, 2015
"Hija mía, dura y penosa fue mi agonía en el Huerto, quizá más penosa que la de la cruz, porque si ésta fue el cumplimiento y el triunfo sobre todos, aquí en el Huerto fue el principio, y los males se sienten más al principio que cuando están por terminar; en esta agonía la pena más desgarradora fue cuando se me hicieron presentes uno por uno todos los pecados, mi Humanidad comprendió toda la enormidad de ellos y cada delito llevaba el sello de "muerte a un Dios", y estaba armado con espada para matarme. Delante a la Divinidad la culpa me aparecía tan horrenda y más horrible que la misma muerte; sólo al comprender qué significa pecado, Yo me sentía morir y moría en realidad; grité al Padre y fue inexorable, no hubo uno solo que al menos me diera una ayuda para no hacerme morir, grité a todas las criaturas que tuvieran piedad de Mí, pero en vano, así que mi Humanidad languidecía, y estaba por recibir el último golpe de la muerte, pero ¿sabes tú quién impidió la ejecución y sostuvo mi Humanidad para no morir? Primero fue mi inseparable Mamá, Ella al oírme pedir ayuda voló a mi lado y me sostuvo, y Yo apoyé mi
brazo derecho en Ella, fue mi inseparable Mamá, Ella al oírme pedir ayuda voló a mi lado y me sostuvo, y Yo apoyé mi brazo derecho en Ella, la miré casi agonizante y encontré en Ella la inmensidad de mi Voluntad íntegra, sin haber habido nunca rotura alguna entre mi Voluntad y la suya. Mi Voluntad es vida, y como la Voluntad del Padre era inamovible, y la muerte me venía de las criaturas, otra criatura que encerraba la Vida de mi Voluntad me daba la vida. Y he aquí que mi Mamá, que en el portento de mi Voluntad me concibió y me hizo nacer en el tiempo, y ahora me da por segunda vez la vida para hacerme cumplir la obra de la Redención. Después miré a la izquierda y encontré a la pequeña hija de mi Querer, te encontré a ti como primera con el séquito de las otras hijas de mi Voluntad, y así como a mi Mamá la quise conmigo como primer eslabón de la Misericordia, con el cual debíamos abrir las puertas a todas las criaturas, por eso quise apoyar en Ella la derecha, a ti te quise como primer eslabón de la Justicia, para impedir que se descargase sobre todas las criaturas como se merecen, por eso quise apoyar la izquierda, a fin de que la sostuvieras junto conmigo. Entonces, con estos dos apoyos Yo me sentí dar nuevamente la vida, y como si nada hubiera sufrido, con paso firme fui al encuentro de mis enemigos; y en todas las penas que sufrí en mi Pasión, muchas de ellas capaces de darme la muerte, estos dos apoyos no me dejaban jamás, y cuando me veían a punto de morir, con mi Voluntad que contenían me sostenían y me daban como tantos sorbos de vida. ¡Oh! los prodigios de mi Querer, ¿quién puede jamás numerarlos y calcular su valor? Por eso amo tanto a quien vive de mi Querer, reconozco en ella mi retrato, mis nobles rasgos, siento en ella mi mismo aliento, mi voz, y si no la amase me defraudaría a Mí mismo, sería como un padre sin generación, sin el noble cortejo de su corte y sin la corona de sus hijos; y si no tuviera la generación, la corte, la corona, ¿cómo podría llamarme Rey? Así que mi reino es formado por aquellos que viven en mi Voluntad, y de este reino escojo la Madre, la Reina, los hijos, los ministros, el ejército, el pueblo, Yo soy todo para ellos y ellos son todos para Mí."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 13, Septiembre 21, 1921


¡Quiero un refrigerio a mis llamas, quiero desahogar mi Amor!




Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 46

28 de agosto, 2015
"Hija mía, quiero un refrigerio a mis llamas, quiero desahogar mi Amor, pero mi Amor es rechazado por las criaturas. Tú debes saber que Yo al crear al hombre puse fuera, de dentro de mi Divinidad, una cantidad de Amor que debía servir como vida primaria de las criaturas para enriquecerse, para sostenerse, para fortificarse y para ayuda en todas sus necesidades; pero el hombre rechaza este Amor, y mi Amor va errante desde que fue creado el hombre, y gira siempre sin detenerse jamás, y rechazado por uno corre a algún otro para darse, y como es rechazado rompe en llanto, así que la incorrespondencia forma el llanto del Amor. Ahora, mientras mi Amor va errante y corre para darse, si ve a uno débil, pobre, rompe en llanto y le dice: "¡Ay! si no me hicieras andar errante y me hubieras dado alojo en tu corazón, habrías estado fuerte y nada te faltaría." Si ve a otro caído en la culpa, rompe en sollozos diciéndole: "¡Ay! si me hubieras dado entrada en tu corazón no habrías caído." Ante aquél otro que ve arrastrado por las pasiones, ensuciado de tierra, el Amor llora y sollozando le repite: "¡Ay! si hubieras tomado mi Amor, las pasiones no tendrían vida en ti, la tierra no te tocaría, mi Amor te bastaría para todo." Así que en cada mal del hombre, pequeño o grande, él tiene un sollozo y continúa yendo errante para darse al hombre; y cuando en el huerto de Getsemaní se presentaron todos
los pecados delante de mi Humanidad, cada culpa tenía un sollozo de mi Amor, y todas las penas de mi Pasión, cada golpe de flagelo, cada espina, cada llaga, eran acompañados por el sollozo de mi Amor, porque si el hombre me hubiera amado, ningún mal le podía venir; la falta de amor ha germinado todos los males y también mis mismas penas."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 14, Febrero 4, 1922


Mi cuerpo es el verdadero retrato del hombre que comete pecado.




Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 47

11 de septiembre, 2015
"Hija mía, cada vez que el alma piensa en mi pasión, se acuerda de lo que sufrí, o me compadece, se renueva en ella la aplicación de mis penas, surge mi sangre para inundarla y mis llagas se ponen en camino para sanarla si está llagada o para embellecerla si está sana, y todos mis méritos también, para enriquecerla."
El negocio que hace es sorprendente, es como si pusiera en un banco todo lo que yo hice y sufrí y ganara el doble. Así que, todo lo que yo hice y sufrí está en acto continuode darse al hombre, así como el sol está en acto continuo de dar luz y calor a la tierra. Lo que yo hice
no está sujeto a agotarse; basta que el alma quiera y cuantas veces quiera recibirá el fruto de mi vida; de manera que si se recuerda veinte, cien o mil veces de mi pasión, tantas veces gozará de sus efectos. Pero, ¡qué pocos son los que hacen tesoro de ella! A pesar de todo el bien que contiene mi pasión se ven almas débiles, ciegas, sordas, mudas, cojas, cadáveres vivientes que dan asco. ¿Y por qué? Porque se han olvidado de mi pasión. Mis penas, mis llagas, mi sangre son fortaleza que quita las debilidades, son luz que les da la vista a los ciegos, son lengua que desata las lenguas y que abre los oídos, son camino que endereza a los cojos, son vida que resucita a los muertos.
Todos los remedios que la humanidad necesita se encuentran en mi vida y en mi pasión, pero las criaturas desprecian la medicina y no se preocupan de los remedios, por eso se ve que a pesar de todos los bienes encerrados en mi redención, el hombre perece en su estado como afectado por una enfermedad incurable; pero lo que más me duele es ver a personas religiosas que se fatigan por la adquisición de doctrinas, de especulaciones, de historias, pero de mi pasión nada, de manera que mi pasión muchas veces está lejos de las iglesias, de la boca de los sacerdotes, por lo que sus palabras no infunden luz, de manera que los pueblos se quedan en ayunas más que antes."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 13, octubre 21, 1921


Los efectos de mi bendición.




Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 48

18 de septiembre, 2015
"Hija mía, cuántas cosas dice este misterio, Yo quise ir a pedir la bendición a mi amada Mamá para darle ocasión de que también Ella me la pidiera a Mí. Eran demasiados los dolores que debía soportar, y era justo que mi bendición la reforzara. Es mi costumbre que cuando quiero dar, pido, mi Mamá me comprendió inmediatamente, tan es verdad, que no me bendijo sino hasta que me pidió mi bendición, y después de haber sido bendecida por Mí, me bendijo Ella.
Pero esto no es todo, para crear el universo pronuncié un Fiat, y con ese solo Fiat reordené y embellecí cielo y tierra. Al crear al hombre, mi aliento omnipotente le infundió la vida. Al dar principio a mi Pasión, quise con mi palabra creadora y omnipotente bendecir a mi Mamá, pero no era sólo a Ella a quien bendecía, en mi Mamá veía a todas las criaturas, era Ella quien tenía el primado sobre todo, y en Ella bendecía a todas y a cada una, es más, bendecía cada pensamiento, palabra, acto, etc., bendecía cada cosa que debía servir a la criatura, al igual que cuando mi Fiat Omnipotente creó el sol, y este sol sin
disminuir ni en su luz ni en su calor continúa su carrera para todos y para cada uno de los mortales, así mi palabra creadora, bendiciendo quedaba en acto de bendecir siempre, siempre, sin cesar nunca de bendecir, como jamás cesará de dar su luz el sol a todas las criaturas. Pero esto no es todo aún, con mi bendición quise renovar el valor de la Creación, quise llamar a mi Padre Celestial a bendecir para comunicar a la criatura la Potencia, quise bendecirla a nombre mío y del Espíritu Santo para comunicarle la Sabiduría y el Amor, y así renovar la memoria, la inteligencia y la voluntad de la criatura, restableciéndola como soberana de todo. Debes saber que al dar, quiero, y mi amada Mamá comprendió y súbito me bendijo, no sólo por Ella sino a nombre de todos.
¡Oh! si todos pudieran ver esta mi bendición, la sentirían en el agua que beben, en el fuego que los calienta, en el alimento que toman, en el dolor que los aflige, en los gemidos de la oración, en los remordimientos de la culpa, en el abandono de las criaturas, en todo escucharían mi palabra creadora que les dice, pero desafortunadamente no escuchada: "Te bendigo en el nombre del Padre, de Mí, Hijo, y del Espíritu Santo, te bendigo para ayudarte, te bendigo para defenderte, para perdonarte, para consolarte, te bendigo para hacerte santo." Y la criatura haría eco a mis bendiciones, bendiciéndome también ella en todo.
Estos son los efectos de mi bendición, de la cual mi Iglesia enseñada por Mí, me hace eco, y en casi todas las circunstancias, en la administración de los Sacramentos y en otras ocasiones da su bendición."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 12, Noviembre 28, 1920


Las penas que me dio la Divinidad 
superan por mucho las penas que me dieron las criaturas.




Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 49

25 de septiembre, 2015
"Hija mía, las penas que me dio la Divinidad superan por mucho las penas que me dieron las criaturas, tanto en la potencia como en la intensidad y multiplicidad y en la duración, pero no hubo ni injusticia ni odio, sino sumo amor, acuerdo de las Tres Divinas Personas, empeño que Yo había tomado sobre de Mí de salvar a las almas a costa de sufrir tantas muertes por cuantas criaturas salían a la luz de la Creación, y que el Padre con sumo amor me había otorgado. En la Divinidad no existe ni puede existir ni la injusticia ni el odio, por tanto era incapaz de hacerme sufrir estas penas, pero el hombre con el pecado
había cometido suma injusticia, odio, etc., y Yo para glorificar al Padre completamente debía sufrir la injusticia, el odio, las burlas, etc., he aquí por qué el último de mis días mortales sufrí la Pasión por parte de las criaturas, donde fueron tantas las injusticias, los odios, las burlas, las venganzas, las humillaciones que me hicieron, que a mi pobre Humanidad la convirtieron en el oprobio de todos, hasta tal punto que no parecía que fuera hombre, me desfiguraron tanto que ellos mismos tenían horror de mirarme, era la abyección y el desecho de todos, así que podría llamarlas dos Pasiones distintas. Las criaturas no me podían dar tantas muertes ni tantas penas por cuantas criaturas y pecados habrían ellas de cometer, eran incapaces, y por eso la Divinidad tomo el empeño, pero con sumo amor y de acuerdo entre Nosotros. Por otro lado, la Divinidad era incapaz de injusticia, etc., y ahí entraron las criaturas y completé en todo la obra de la Redención. ¡Cuánto me cuestan las almas, y es por esto que las amo tanto!"
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 12, Junio 4, 1919


En la Pasión que me dio la Divinidad di satisfacción al Padre
por todos los pecados del interior del hombre.



Pensamientos sobre la 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Nº 50

21 de agosto, 2015
"Hija de mis penas, debes saber que las penas que me dieron los judíos fueron una sombra de las que me dio la Divinidad, y esto era conforme a justicia para recibir plena satisfacción. El hombre, pecando, no sólo ofende a la Majestad Suprema externamente, sino también internamente y desfigura en su interior la parte divina que le fue infundida al crearlo, así que el pecado se forma primero en el interior del hombre y después sale al exterior, más bien, muchas veces lo que sale al exterior es la parte mínima, y la parte mayor queda en el interior. Ahora, las criaturas eran incapaces de penetrar en mi interior y hacerme satisfacer con penas la gloria del Padre, que con tantas ofensas de su interior le habían negado; mucho más que estas ofensas herían la parte más noble de la criatura, cual es la inteligencia, la memoria y la voluntad, donde está sellada la imagen divina. ¿Quién debía entonces tomar este empeño, si la criatura era incapaz? Por esto fue necesario que la Divinidad misma
tomara este empeño y me hiciera de verdugo amoroso, pero por cuanto amoroso, más exigente para recibir plena satisfacción por todos los pecados hechos en el interior del hombre. La Divinidad quería la obra completa y la plena satisfacción de la criatura, tanto del interior como del exterior, así que en la Pasión que me dieron los judíos di satisfacción a la gloria externa del Padre que las criaturas le habían quitado; en la Pasión que me dio la Divinidad en todo el curso de mi Vida, di satisfacción al Padre por todos los pecados del interior del hombre. De esto podrás comprender que las penas que sufrí de manos de la Divinidad, superan grandemente a las penas que me dieron las criaturas, es más, casi no pueden compararse y son menos accesibles a la mente humana. Así como entre el interior del hombre y el exterior hay una gran diferencia, mucho más diferencia hay entre las penas que me infligió la Divinidad y las que me dieron las criaturas el último día de mi Vida, las primeras eran desgarros crueles, dolores sobrehumanos capaces de darme muerte, y repetidas muertes en las partes más íntimas, tanto del alma como del cuerpo, ni siquiera una fibra quedaba excluida. En las segundas eran dolores acerbos, pero no desgarros capaces de darme muerte a cada pena, como sí era capaz la Divinidad teniendo el poder y el querer. ¡Ah, cuánto me cuesta el hombre! Pero el hombre ingrato no se ocupa de Mí y no busca comprender cuánto lo he amado y cuánto he sufrido por él, tanto que ni siquiera ha llegado a comprender todo lo que sufrí en la Pasión que me dieron las criaturas, y si no comprenden lo menos, ¿cómo pueden comprender lo más de lo que he sufrido por ellos? Por esta causa me he tardado en revelar las penas innumerables e inauditas que me dio la Divinidad por causa de ellos, pero mi Amor quiere desahogo y correspondencia de amor, por eso te llamo a ti en la inmensidad y altura de mi Querer, donde todas estas penas están en acto, y tú no sólo tomas parte en ellas, sino que a nombre de toda la familia humana las honras y das la correspondencia de amor, y junto conmigo te sustituyes a todo lo que las criaturas están obligadas, pero con sumo dolor mío y daño para ellas, ni siquiera lo piensan."
S. de D. Luisa Piccarreta
Vol. 13, Noviembre 19, 1921


Las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo


En estos tiempos tan tristes llenos de confusión, de sufrimiento, de violencia, de toda clase de abusos, hemos olvidado lo que Nuestra Santa Madre Iglesia siempre nos ha enseñado: todos los remedios que el hombre necesita se encuentran en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Meditando y contemplando los misterios de Cristo, especialmente de su Pasión, Muerte y Resurrección, la humanidad podrá reconciliarse con Dios, consigo misma y con el prójimo.

"Todos los remedios que la humanidad 
necesita se encuentran en mi vida y en mi Pasión".
Jesús a la S.D. Luisa Piccarreta
Vol. 13, 21 de octubre de 1921
Para encontrar la paz, la felicidad, la reconciliación y sanar todas las consecuencias causadas por el pecado, en suma vivir el Reino de Dios que pedimos todos los días en el Padre Nuestro: "Venga a nosotros tu Reino, hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo", es necesario hacer que la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo sea nuestro alimento continuo en la oración, en nuestra vida diaria, por supuesto acompañado con la frecuencia de los sacramentos.

"San Aníbal María di Francia, quien frecuentemente era recibido en audiencia por elPapa San Pio X, siendo muy amigo de él, llegó a casa de Luisa con una muy agradable noticia: habiendo estado en audiencia con el Papa quiso darle a conocer"Las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo"

que estaba difundiendo y le leyó algunas páginas del libro, concretamente la Hora de la Crucifixión, a un cierto punto el Papa lo interrumpió y le dijo:

"¡Padre, este libro se debe leer de rodillas, es Jesucristo quien habla!"

En nuestros tiempos, de manera muy providencial Nuestro Señor nos ha entregado a través de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta un espléndido libro de oración:"Las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", publicado nada menos que por San Aníbal María di Francia.

Como todos podrán llegar a ver después de meditar Las Horas de la Pasión, se darán cuenta que entre todas las demás obras que se refieren a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y a los dolores de Nuestra Madre Santísima, podremos atrevernos a decir que es la más importante que Dios nos ha dado en su providencia amorosa. Esta obra analiza, desmenuza y nos hace meditar uno por uno los padecimientos externos e internos de nuestro adorable Redentor, Jesucristo Nuestro Señor.

Los Relojes Vivientes de la Pasión

http://www.passioiesus.org/es/index.php

sábado, 9 de enero de 2016

3 DE DICIEMBRE DE 2015



Hijos Míos, muchos, muchos males por no decir casi todos, vienen de la soberbia del hombre que quiere estar por encima de Dios y anteponer sus criterios a los de Él. Yo, Jesús, os hablo.

Debéis ser humildes, pero humildes de corazón no de apariencia. Debéis aceptar las humillaciones no solo con resignación sino con alegría. Nunca nadie está más cerca de Mí que cuando acepta la humillación y Me la ofrece. Aceptarlas, insisto, con alegría, no con desagrado ni encono. Esto os lo digo a todos en general y a cada uno en particular. Yo, Jesús, os hablo.

La verdadera humildad la entendéis muy mal y muy pocos la amáis como la amaron Mis grandes santos. Ahí tenéis a Santa Margarita Mª de Alacoque que amaba su propia abyección (bajeza), pero vosotros hijos, os rebeláis contra las circunstancias adversas que os vienen y aun hasta Me echáis en cara a Mí todo lo que os sale mal, como queriendo que Yo sea quien os sirva a vosotros y no vosotros a Mí. Yo, Jesús, os hablo.

La soberbia Me repugna profundamente. Fue el pecado de Satanás y de muchos herejes. Tratad de practicar la humildad y para saber en qué grado de humildad estáis, basta con que analicéis como recibís las humillaciones. Invocad amorosamente y con fe a Mi Santa Madre en las tentaciones de soberbia, pero también poned vosotros lo que esté de vuestra parte, porque si seguís el juego a Satanás cada vez que os tiente de soberbia, perderéis una a una todas las batallas, y cada vez serán más asiduas y más fuertes. Así que hijos, Yo Me abajo a vosotros y os hablo y os instruyo, pero estáis todavía muy lejos de ser la clase de cristianos que Yo quiero que seáis, fuertes en todas las virtudes, pero sobre todo en la humildad, madre de todas ellas. La humildad Me atrae tanto que un alma humilde consigue de Mí muchísimas gracias para ella y para sus familiares. Yo, Jesús, os hablo.

Nunca pierde la paz quien es verdaderamente humilde porque sabe que todo lo permito para que crezca en santidad. La humildad es someterse al prójimo siempre que no os mande nada contrario a Mi gloria. A muchos de vosotros servirme a Mí les resulta fácil, pero no les resulta fácil servir a los demás. Se humillan ante Mí pero no lo hacen ante el hermano. Ser humildes es serlo en todo momento y aceptar con agrado lo bueno que os reconozcan y lo malo que os corrijan. Hijos, aprended de Mi Santa Madre y de San José que fueron humildísimos en todo momento y pedidme esta virtud constantemente, Yo Jesús os hablo.